sábado, 10 de abril de 2010

Cosas famosas de Dijon (o relación entre Harry Potter y Dijon)

Como muchos ya sabréis, y otros muchos no, el año que viene me voy de Erasmus a cursar mi cuarto año de carrera a Francia.
En concreto me voy a Dijon, ciudad muy famosa por su mostaza.
Y hoy, cotilleando cosas de la ciudad, me entero de este dato curioso:

"- Pero teníamos que ir con mucho cuidado, porque Olympe y yo... destacamos un poco... -Ron hizo un ruidito ahogado, un sonido entre bufido y un resuello, y rápidamente bebió un sorbo de té-, de modo que no resulta muy difícil seguirnos la pista. Fingimos que nos íbamos de vacaciones juntos. Llegamos a Francia e hicimos ver que nos dirigíamos al colegio de Olympe, porque sabíamos que alguien del Ministerio estaba siguiéndola. Teníamos que avanzar muy despacio porque no debíamos emplear la magia, pues también sabíamos que el Ministerio buscaba cualquier excusa para echarnos el guante. Pero en Dijon conseguimos dar esquinazo al imbécil que nos seguía...
-¿En Dijon? -repitió Hermione, emocionada-. ¡Yo estuve allí de vacaciones! ¿Visteis el...?
Hermione se calló al ver la expresión de Ron"

Harry Potter y la Orden del Fénix,
J.K. Rowling



Así que me voy a la ciudad de vacaciones de Hermione y lugar de paso de Hagrid en su búsqueda de los gigantes... será divertido...

sábado, 3 de abril de 2010

Eco



Narciso y Eco

"[...]Pues bien, luego que vio a Narciso vagando por apartadas
campiñas y se enamoró de él, sigue sus pasos a escondidas,
y cuanto más le sigue, más cerca está la llama en que se abrasa;
no de otro modo que cuando el azufre vivo untado
al extremo de las teas se inflama al contacto de la llama.
¡Cuántas veces quiso acercársele con palabras zalameras
y dirigirle cariñosas súplicas! Su naturaleza se lo impide
y no le permite empezar; pero -eso sí le permite- está presta
para esperar sonidos a los que devolver sus palabras.
Quiso el azar que el zagal, alejado del grupo de sus fieles compañeros,
gritara: "¿Hay alguien?", y "¡alguien!" respondiera Eco.
Se queda atónito, y, tras dirigir la mirada a todas partes,
grita con voz potente: "¡Ven!"; llama ella a quien la llama.
Se vuelve él a mirar y como nadie venia dijo: "¿Por qué huyes
de mí?", y escuchó tantas palabras como él había pronunciado.
Se detuvo, y engañado por la ilusión de una voz que contesta,
exclama: "¡Aquí, reunámonos!", y Eco, que jamás respondería
con más gusto a ningún otro sonido, "¡unámonos!" repitió;
y secundando sus propias palabras salió de la espesura
y se encaminaba a echar sus brazos al cuello anhelado.
Huye él y mientras huye, "¡quita esas manos, no me abraces!
¡Antes morir- dice- que puedas tú tenerme!"
Ella no repitió más que "¡puedas tú tenerme!" Desdeñada,
se esconde en la espesura y, llena de vergüenza, se cubre
el rostro de ramas y desde entonces vive en cuevas solitarias.
Y aun así pervive el amor y hasta crece con el dolor del rechazo;
el insomni y la pena adelgazan el cuerpo de la desdichada,
la demacración arruga su piel y todo el humor corporal se evapora
por los aires. Sólo su voz y sus huesos quedan; su voz perdura;
los huesos, dicen, adoptaron la forma de una piedra.
Desde encontes se oculta en la selva y no se la vez por los montes;
todo el mundo la oye; un sonido es lo que sobrevive de ella. [...]"


Ovidio, Metamorfosis, Libro III

viernes, 2 de abril de 2010

La Bien Querida

Este es mi último descubrimiento musical que me tiene obsesionado, lo que no me había vuelto a ocurrir desde Christina Rosenvinge.
Es La Bien Querida, es popera, es independiente, es original, dicen que es como Jeannete o Cecilia, y a mí me encanta.




Corpus Christi
Los aeronautas hablan,
de la eflorescencia,
del aire en invierno.
Y lo astrofísicos,
Del sol y las estrellas,
en el universo.

Y yo,
que hace casi cuatro días,
que no te veo,
te echo de menos.

Y yo,
que hace casi cuatro días,
que no te veo,
te echo de menos.

Todos los pensadores,
hacen sus manifiestos,
pero en algo mienten,
así que ante la duda,
dada duda de todo,
y todo es relativo.

Pero yo no dudo,
ni tampoco miento
si se me olvida algo
si se me olvida algo,
te digo que te quiero,
te digo que te quiero,

Pero yo no dudo,
ni tampoco miento,
si se me olvida algo,
si se me olvida algo,
te digo que te quiero,
te digo que te quiero...

domingo, 14 de marzo de 2010

Semifilologueando

- ¡Ay qué bien, que esta noche es nuestro Paso de Ecuador! ¡Qué ganas!
- Jo, pues yo no quiero que llegue, porque entonces se pasará...
- Y encima al día siguiente no nos acordaremos de nada...


Tanto tiempo esperando ese momento, con tanta ilusión, tantas ganas, tantas expectativas... y ya se ha pasado.
Así es todo en la vida: esperas algo, que pasa en un momento, pero después queda el recuerdo, y eso no pasa ni se pierde.
Y el recuerdo que nos queda es espectacular, o por lo menos especial; y algo más nítido de lo que esperaba.

¡Os quiero mucho filólogos!



...Y aún nos queda el Fin de Carrera....

viernes, 12 de marzo de 2010

La sombra del ciprés es alargada

Se iniciaba ya el otoño. Los árboles de la cuidad comenzaban a acusar la ofensiva de la estación. Por las calles había hojas amarillas que el viento, a ratos, levantaba del suelo haciéndolas girar en confusos remolinos. Hicimos el camino en la última carretera descubierta que quedaba en la ciudad. Tengo impresos en mi cerebro los menores detalles de aquella mi primera experiencia viajera. Los cascos caballos martilleaban las piedras de la calzada rítmicamente, en tanto las ruedas, rígidas y sin ballestas, hacían saltar y crujir el coche con gran desesperación de mi tío y extraordinario regocijo por mi parte. Ignoro las calles que recorrimos hasta llegar a la placita silente donde habitaba don Mateo. Era una plaza rectangular con una meseta en el centro, a la que se llegaba merced al auxilio de tres escalones de piedra. En la meseta crecían unos árboles gigantescos que Cobijaban bajo sí una fuente de agua cristalina, llena de rumores y ecos extraños. Del otro lado de la plaza, cerraba sus confines una mansión añosa e imponente, donde un extraño relieve, protegido en una hornacina, hablaba de hombres y tiempos remotos; hombres y tiempos idos, pero cuya historia perduraba amarrada a aquellas piedras milenarias.

Miguel Delibes,
La sombra del ciprés es alargada